Sobre el tiempo y el trabajo, o de cuando las campanas eclesiásticas se alinearon con el reloj de la valorización.

Siglos de calendario industrial no han desacostumbrado ni separado por completo a los seres humanos del tiempo de lo natural. Quizá sería un primer paso para que en algunos años las personas puedan disponer libremente de su tiempo y por tanto, de sus vidas.

Por: ESTAFANÍA ÁVALOS PALACIOS Vie, 11/18/2016 - 14:31
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Tiempo y trabajo
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Foto del reloj de agua y palo del artista mexicano Yollotl A.

Tiempo es una de esas categorías que supuestamente dan por hecho su experiencia y su comprensión. Sin embargo, observó Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire cuando empezamos a cuestionar lo aparentemente dado. Nicanor Parra en su antipoema El último brindis, escribió sobre tres concepciones humanas del tiempo; en los primeros dos párrafos eliminó tajantemente el pasado y el presente, mientras que al futuro le concedió una contradicción:

En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana
Yo levanto mi copa
Por ese día que no llega nunca
Pero que es lo único
De lo que realmente disponemos.

 

El futuro, dice Nicanor, aunque negado, es el único tiempo disponible; ha llegado pero no se ha hecho presente. Este trágico hecho queda velado por la fantasía de futuro, latente promesa contemporánea muy preciada. Cada mañana arrojados a participar en un día más, hemos comprado la idea de que nos dirigimos a una mejor vida, de que todo lo que deseamos que cambie, efectivamente cambiará. Esperamos que en ese futuro seamos, tendremos, haremos y parezcamos todo lo que no somos, tenemos, hacemos o parecemos ahora.

El futuro como un eslogan luminoso y monumental, nebuloso, es el modo en que padecemos la vida contemporánea y la realidad en que se suscribe el tiempo. Libramos una batalla en el terreno laboral por alcanzar lo prometido y en esta competencia se desencadenan incertidumbres, tensiones, impotencias y confusiones que enferman los cuerpos. Ofertamos nuestro tiempo de vida por la fantasía de un porvenir desligado a la vida propia. ¿De qué modo experimentamos la vida, el tiempo que vivimos, en el que sentimos una constante tristeza y ansiedad por el futuro, un tiempo inexistente? ¿A quién y por qué compramos la idea de que el futuro fetichizado tiene cualidades mágicas y positivas en sí mismo?

Reflexionar sobre nuestra concepción de tiempo y sobre su uso es abordar un problema de salud. Son quejas comunes del ciudadano moderno el cansancio crónico, el insomnio angustioso, sentir que el tiempo pasa muy lento pero no alcanza para nada, o resentir la jornada de trabajo. Y a pesar de las evidencias, resulta extraño reflexionar sobre un tema abstracto y asimilado como es el tiempo. Éste se nos presenta como un concepto con un significado dado y compartido socialmente; la idea común de que el tiempo permite que la vida transcurra en aparente orden para sobrellevar y registrar la cotidianidad.

La representación del tiempo se muestra en símbolos, lenguaje, escalas cotidianas y biográficas como el reloj, celebraciones, tiempos laborales y de descanso, años nuevos, tiempo escolar, matrimonios, tener hijos, la vejez y entregarse a la muerte. Este modo de asumirse en el tiempo configura un modo de vida aceptable. Así, el tiempo se presenta comprensible al sentido común porque aparentemente queda autoevidenciado en prácticas normalizadas. Sin embargo, es importante cuestionar el modo en que está organizado el tiempo, que no es más que la vida  y sus sentidos más allá de la supuesta apariencia natural, porque nuestra representación al respecto “afecta a la forma en que interpretamos el mundo y actuamos en él y la forma en que los otros lo interpretan y actúan en él” (David Harvey. La condición de las posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio social. Amorrortu, 2008). Al pensar el tiempo, pensamos también nuestras prácticas. No es solamente el número de horas que dediquemos a tal o cual actividad. El tiempo tiene otra dimensión que es volumen, lo llenamos de contenido y según ese contenido adquiere sentidos.

Durante la historia de la humanidad, con sus respectivas formaciones sociales, se han construido diversas prácticas y significados de tiempo. El tiempo, con el advenimiento de la sociedad industrial, fue reconfigurado con nuevos sentidos y un doble valor. Por un lado, el uso de tiempo en tanto experiencia de vida; por el otro, como valor de cambio, en tanto que se dispone del tiempo ajeno, del trabajo para la generación de riqueza. Esta disputa ha implicado históricamente conflicto, convirtiendo al tiempo, su contabilización y uso, uno de los ejes principales en la lucha de clases. En la actualidad capitalista, los ritmos de la reproducción del valor configuran las cualidades del tiempo y su concepción; tejen una red cronológica que atrapan la vida cotidiana, pues en ella se produce y se consume. Puesto que la mercancía entraña trabajo y su valor se determina por el tiempo socialmente necesario para su realización, es clara la relación entre tiempo y dinero.

Jacques Le Golff (Tiempo, trabajo y cultura en el occidente medieval. Taurus, 1983) ilustra como el reloj mecánico se convirtió en un instrumento de dominación para que obreros y jornaleros trabajaran con rigor y en horas fijas. El calendario regido por las fiestas, se sustituyó por uno que permitiera hacer cálculos precisos; se adaptó a las necesidades de trabajo. Edward P. Thompson (Time, work, discipline, and industrial capitalism*) relata que durante el surgimiento de las primeras manufacturas se arrojó a las ciudades a artesanos y campesinos para activar las fábricas. Se introdujeron nuevos hábitos y disciplina del tiempo: el trayecto obligado al trabajo, el reloj en sustitución del sol y las campanas de la iglesia, el cronómetro, nuevos calendarios, etcétera. Estas modificaciones a la vida no fueron asimiladas amablemente; desde el momento que emergió la industria, emergieron también resistencias. Muchos de los primeros obreros, contra la sujeción, incendiaron máquinas o huyeron y formaron comunidades clandestinas. También conocemos que en la organización del trabajo aplicada por Henry Ford se midieron los movimientos manuales, se calculó la línea de montaje y se disciplinó al trabajador para una mayor racionalización del trabajo mediante la eliminación de tiempo muerto. Lo mismo que se ha hecho con la producción en cadena toyotista, el trabajo por nódulos o cualquier otro sistema actual de organización productiva.

Los métodos disciplinarios surtieron efecto. Al cabo de algunas generaciones ya no era motivo de resistencia el tener que vender tiempo de vida en una fábrica y las luchas se enfocaron en la reducción de la jornada laboral, en el pago de horas extras o de un día de descanso. Las reformas “habían aceptado las categorías de sus empleadores y aprendieron a luchar dentro de ellas” (Thompson). Si antes se luchaba contra el trabajo, luego por la reducción de la jornada, hoy la respuesta es la evasión; se apaga el celular para no recibir mensajes a las doce de la noche. Hoy, muchos trabajadores resienten el “contrato cero horas” que los obliga a estar siempre localizados y disponibles a toda hora a través de un ceular, o de lo contrario podrían ser despedidos.

Fuera del trabajo, el tiempo de vida también es despojado mediante el engranaje engañoso del tiempo libre. El capitalismo ha desarrollado un montón de mecanismos para absorber actividades de la vida social volcándolas a un mercado de consumo. De ahí que las vacaciones, centros comerciales, restaurantes, espectáculos, programas de aprendizajes variados, entre otros, se ofrecen como actividades de ocio en donde la misma lógica que opera en el trabajo se desplaza hacia este aparente mundo libre. La simple división de tiempo de trabajo y la invención del tiempo libre, en aparente oposición, son complementos necesarios para que la monotonía que provocan las jornadas laborales pueda tener momentos de respiro; y que mejor que dirigidas al consumo para la realización total de la circulación del dinero.

Prolongación silenciosa de la jornada laboral, subcontratación temporal, despido por bajo rendimiento, sistema de sueldo máximo, disponibilidad para desplazarse, el requisito de “trabajar bajo presión”, la capacitación y la recapacitación, la destrucción y reconstrucción de habilidades laborales, son rasgos de las adecuaciones hechas al trabajo en los últimos cincuenta años como medidas para que el capital no se estanque en crisis. Junto con estos fenómenos constituyentes y piedra angular de las modernas prácticas de flexibilización productiva y laboral, han surgido nuevas formas de consumo y nuevas mercancías consumibles. Estos nuevos ritmos en la circulación de capital, que no se han traducido en un mejor funcionamiento del sistema, se han extendido a los ritmos de la vida social configurando otros sentidos y concepciones del tiempo.

La literatura sociológica contemporánea describe, entre otras, tres características del tiempo actual. La experiencia del tiempo actual es fragmentada, como episodios que pueden comprenderse de manera desarticulada, dando lugar a la desmemoria. Otra característica del tiempo actual es la aceleración del ritmo y culto a la velocidad alentado por la productividad y la competencia. Los desarrollos tecnológicos se enfocan en la “eficacia” traducida en rapidez. Ahorrar tiempo haciendo menos clics en la computadora, en restaurantes post-fast-food, o bien en el aumento de los contract slavery como mecanismo para no parar nunca la producción. Cuando en tiempos pasados los segundos conformaban instantes, hoy “cada segundo cuenta”. Las empresas dejaron de ser rígidas en su giro productivo y han optado por la especialización flexible que permite que las demandas de consumo determinen lo producido.

Otra característica es la capacidad de adaptación al cambio, aceptar la reorganización constante y el desarrollo de capacidades miltitask (habilidad para resolver varios asuntos, aprender a vivir tiempos simultáneos). De igual modo, un sinnúmero de trabajadores está dispuesto a migrar constantemente, adaptarse a un nuevo lugar, nuevas personas, nuevo lenguaje para después volver a desplazarse. Es común que las personas pasen por varios trabajos durante su vida y probablemente en ninguno se vean a sí mismos durante mucho tiempo; queda menos espacio temporal para el desarrollo de un oficio que implique largos alientos.

Aparentemente, esta flexibilización se puede traducir como mayor libertad, en comparación con el modo de trabajo del siglo pasado. Pero así como cambia el modo de trabajo, también se transforma el entramado para su control, que tiende a ser cada vez más invisible y velado; “en rebelión contra la rutina, la aparición de  una nueva libertad es engañosa”. El punto interesante de análisis es que la configuración, usos y características de este tiempo no es algo que la gente común y corriente domina y decide; cada vez es menor el rango de decisión con que se puede operar. Nos queda el mañana, es lo único que podemos disponer, pero nunca llega, menciona Nicanor.

El modo en que se organiza la red cronológica en el trabajo y sus efectos sobre las personas no distingue nóminas salariales; bien puede ser una operadora subcontratada de telemarketing que cada mes trabaja para una empresa diferente, o la de un ejecutivo con un salario alto que cada semana viaja a otros lugares y conoce una nueva oficina. Aunque cada cual lo resiente de manera particular, las vidas suelen ser víctimas de la monotonía. “Aburrimiento es el reflejo de lo gris de la vida objetiva, el sentimiento de que la existencia está destinada, rutinizada y hay poco margen de acción en dicha rutina que permita experimentar cambios sustanciales en la vida personal”, menciona Thedor Adorno en su libro Tiempo libre*. Nos ofrecen como mercancía un tiempo y futuro organizado donde no tenemos capacidad de elección-acción, a la vez que es despojado el tiempo que sí vivimos. Y aunque cierto es que hay resistencias a este tiempo empaquetado, el tiempo de vida sigue siendo propiedad del capital.

Algunos insisten en recuperar la lentitud, la quietud, gozar los detalles que requieren tiempo y dedicarse a la contemplación, “vivir otro tiempo”. Indudablemente estos ritmos y quehaceres son saludables. Sin embargo, pensar que el modificar prácticas individuales es el camino para transformar objetivamente la condición del tiempo moderno, que el cambio empieza por uno mismo, más que constituir una ingenua fachada de transgresión, resulta un acto reaccionario.

El camino a seguir puede ser otro si asimilamos que el tiempo, el uso del tiempo y las representaciones de él van de la mano con los procesos materiales; si entendemos que cuestionar el tiempo implica cuestionar el modo producción capitalista y el modo de trabajo que en él se inscribe. Y más allá de revertir prácticas temporales, o apostar a un futuro que nunca va a llegar, es preciso en este tiempo y en esta realidad plantearnos la posibilidad de generar otros modos de reproducir la vida social e intentar organizarnos para ello. Siglos de calendario industrial no han desacostumbrado ni separado por completo a los seres humanos del tiempo de lo natural. Quizá sería un primer paso para que en algunos años las personas puedan disponer libremente de su tiempo y por tanto, de sus vidas. 

* Textos disponibles en Internet.