[Crónicas] Caminos de informalidad o lo antiestético del rebusque (Parte I)

La emergencia de “las tres R” del espacio público (renovación, reactivación y recuperación), a propósito de la informalidad, pasa en parte por lo antiestético que es para el ciudadano corriente el rebusque. Dicho discurso se justifica parcialmente porque la economía informal que ocupa el espacio público no es urbanísticamente estética.

Por: Juan David Mesa Vie, 02/10/2017 - 13:23
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Caminos de informalidad
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Foto tomada por el autor.

El discurso de las tres “R”

La administración municipal de Santiago de Cali, el 29 de septiembre de 2016 decretó la nueva estructura administrativa de la Alcaldía, sus dependencias, funciones y planes futuros. Además de los múltiples temas que se buscan intervenir con la nueva estructura, como la inseguridad, el desempleo y la movilidad, hay una cuestión que preocupa a las autoridades y es evidente incluso en el Plan de desarrollo de la presente y pasadas administraciones: la renovación, reactivación y recuperación del centro de Cali. Más allá de un interés por atraer empresas a que operen desde este sector de la ciudad, el asunto de fondo es el uso del espacio público.

Sabemos que en los centros de las ciudades colombianas se aglomera un conjunto de economías informales que ocupan eso que con tanto orgullo o desdén denominamos espacio público: ventas y servicios de andén, de todo tipo. Por el afán normal y no justificado del ciudadano corriente, que en su imaginario cotidiano prioriza el aspecto, las alcaldías respectivas en el país han acudido a lo que denomino “el discurso de las tres R”: renovación, reactivación y recuperación. Las consecuencias de este discurso implican, por ejemplo, como se sostiene desde la nueva Secretaría de movilidad de Cali, “promover una cultura de movilidad ciudadana donde el sistema vial y el uso eficiente del espacio público priorice y haga respetar al peatón y al ambiente, mediante la fijación de políticas en materia educativa”. Esto, para un uso eficiente del espacio público puede suponer, en últimas, quitar del camino la informalidad del paisaje urbano de los centros y también de otros espacios (como se está haciendo con el barrio El Calvario para construir la “Ciudad Paraíso”).

En esta crónica busco reflexionar en torno a una idea central de que la emergencia de “las tres R” del espacio público, a propósito de la informalidad, pasa en parte, por lo antiestético que es para el ciudadano corriente el rebusque. Dicho discurso se justifica parcialmente porque la economía informal que ocupa el espacio público no es, urbanísticamente estética. Para desdeñar esta perspectiva que aparece en el relato del ciudadano, primero analizaré el papel del centro, sus transformaciones urbanas históricas y consecuencias en el mundo del trabajo, tomando el caso de Cali. Segundo, me pondré en los zapatos del que camina y siente que todo es feo: el peatón (Parte I). Tercero, haré una comparación reflexiva de la experiencia del Centro colombiano y el centro peruano; y finalmente, me pondré en las zapatillas del que vende y sobrevive al día: el rebuscador (Parte II).

El centro versus el centro moderno de todo: el Centro comercial

Para los años sesenta y con una preocupación ante las transformaciones de una sociedad tradicional a una del espectáculo, Guy Debord haría la siguiente reflexión refiriéndose a ese desconocido espacio que emergía como nueva apuesta urbanística: “la gente trabaja seis días de la semana para gastarse todo el séptimo día. En estos tiempos en que el dinero es un dios, el Centro comercial en verdad parece ser su templo”. Haciendo alusión a una paradójica analogía, Debord expresa la forma como el Centro comercial comenzó a ocupar la cotidianidad de las personas, convirtiéndose en un espacio fundamental para la socialización y el entretenimiento.

En ese mismo momento histórico, Cali atravesaría un proceso de reconfiguración contemporánea como ciudad-región y capital del pacífico. Este proceso se caracterizaría, según Óscar Almario, por la re-significación y el agotamiento del modelo desarrollista de productividad y por la función de la globalización y los mercados mundiales en las decisiones municipales y regionales que en el Valle del Cauca y Cali serían fundamentales. Dentro de las dinámicas más relevantes, cabe mencionar las oleadas migratorias que arribaron a la capital del departamento del Valle que aumentaron exponencialmente la población de la ciudad, la desconcentración poblacional a raíz de lo anterior y la creación de múltiples ejes urbanos a partir de invasiones en zonas periféricas de la ciudad, en oriente y la ladera, que crearían un circulo de pobreza sumamente latente alrededor de procesos de exclusión y marginalidad.

 

Otro proceso que también sería determinante para la configuración urbana actual de la ciudad fue la transformación de un entorno concéntrico a uno disperso, fragmentado y disgregado por toda el área urbana. El centro de la ciudad comenzó a perder protagonismo, sobre todo en lo concerniente a la comercialización de bienes y servicios: la ciudad se comenzó a pensar hacia el sur y el norte, y se pobló conflictivamente hacia el oriente y la ladera, haciendo que no todo girara en torno al centro sino a concentraciones propias de cada sector: precisamente, los Centros comerciales. En ese sentido, un acontecimiento importante que cambiaría la forma como se construía la ciudad, fueron los juegos panamericanos del 71 celebrados por primera vez en una ciudad de Colombia. Cuando se le informó a la ciudadanía que Cali había sido escogida sede de los juegos, se pusieron en marcha varios planes para “ordenar” la ciudad alrededor de ciertos puntos específicos y así recibir con una imagen positiva el magno evento. La emergencia del discurso del civismo en Cali en los setenta serían los primeros cimientos discursivos de las tres “R”. Al respecto, se expidieron varios decretos que obligaban a las personas que residían en las inmediaciones de las futuras instalaciones deportivas a arreglar las fachadas de sus casas de un modo particular que la misma norma exigía; todo con el fin de dar una imagen de modernidad y progreso.

Así, y gracias también a los famosos juegos, por las construcciones en diversos espacios, Cali dejó de ser una ciudad concéntrica. De ese modo, la lógica de comercialización se fundó en otros modelos de negocio como los Centros comerciales que se establecieron alrededor de un discurso de la seguridad que se legitimaba por la creciente violencia que se estaba dando en la ciudad. Además de ser un espacio donde convergen distintos tipos de interacciones mediadas por la variedad en la oferta, un punto significativo para entender la importancia del Centro comercial en las dinámicas urbanísticas de la ciudad, es que al ser un espacio planeado, determina el entorno urbano que lo rodea.

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Caminos de informalidad

Las consecuencias directas que este proceso urbano tuvo y tiene sobre el mundo del trabajo, son visibles (aunque invisibilizadas). Una primera consecuencia tiene que ver con el fortalecimiento y crecimiento de las economías informales ante la formalización de los espacios “legítimos”, “seguros” y “estéticos” para el comercio. Es decir, en la medida en que comenzó a ser legítimo y mejor visto un comercio organizado en la lógica formal del Centro comercial, se hizo más evidente la lógica informal de aquellos comerciantes que no accedieron al modelo emergente. En síntesis, el dualismo formal-informal se fortaleció y cimentó en el imaginario del ciudadano corriente por la forma urbana en que se reorganizaría el comercio: el centro es lo informal y el Centro comercial lo formal, per se.

Una segunda consecuencia se ve materializada en el uso del espacio público versus el uso del espacio privado. Así como creció el dualismo formal-informal, lo público (del Estado y que está afuera, a la intemperie) y lo privado (de personas naturales o jurídicas que está adentro, seguro) se convertirían en antagonistas de una lucha que hoy sigue estando presente en el relato de ese ciudadano corriente: “lo privado es mejor, más organizado y serio”, más estético. Mientras el espacio público al ser de todos y de nadie, más allá de las regulaciones del Estado, nos parece anarquía, el espacio privado nos denota orden. Pero como no todo el mundo puede acceder a los espacios privados, en calidad de comprador o de vendedor, lo público en los centros de las ciudades se convierte en libre acceso. ¿Serán los centros de las ciudades la nueva periferia en cuanto a comercio se refiere?

Una última consecuencia inmediata surge de la paradoja al cruzar las categorías formal-informal y privado-público. En su calidad de informales, miles de trabajadores de los centros colombianos no tienen acceso a un conjunto de derechos laborales, que parecen hacer parte exclusiva de la esfera privada, como las vacaciones, la pensión, las prestaciones, etc. “Formalizar” a un informal, suponiendo que así lo desee, en este sentido implica sumirlo en la lógica privada del espacio, como cuando algún gobernante habla de la reubicación de los vendedores informales como proceso de formalización de su trabajo. Pareciera que no existe la combinación formal-público en donde, por ejemplo, una vendedora de tinto pueda formalizarse en materia de derechos laborales, por decirlo de algún modo, vendiendo en la calle, en el andén, a la intemperie o en el espacio público. La “R” de rebusque, inmiscuida en los caminos de informalidad, parece no tener cabida en el discurso de las tres “R”.

El que camina y siente feo: el peatón

Tengo que reconocer, de entrada, un sesgo epistemológico: me encanta el centro. Me encanta el centro de cualquier ciudad o poblado pequeño que conserve aires coloniales con comercio y, sobre todo, miles de peatones. La experiencia del centro para mí, como peatón, es muy especial, pues me transporta a un mundo imaginado y soñado en donde confluye la historia, el patrimonio, y la memoria con lo propio de la modernidad occidental como las múltiples economías, culturas y procesos políticos representados por todos los colores, olores y sabores. Pero, más allá del sesgo, reconozco también los múltiples problemas que confluyen en ese espacio aparentemente romántico y nostálgico: manejo de basuras, contaminación, inseguridad, economías ilegales, etc. Para el peatón corriente, ese que camina afanado y se tropieza, la responsabilidad de estos males la tienen las economías informales que se fueron apropiando de cada esquina, rincón, andén y pasillo de los centros. La basura, por ejemplo, es consecuencia de la falta de “pudor de los vendedores de la calle”, decía una señora que caminaba asqueada por el centro en Cali. La contaminación, consecuencia de lo anterior. La inseguridad, por los públicos populares que en masa van a los centros.

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En los zapatos del peatón.

Antes de dar vuelta a estas formas de imaginar al centro, transportémonos por un momento a ese lugar. Acompáñenme que tengo que comprar unos zapatos… En una semana cualquiera entraba a ocupar un cargo que me exigía estar bien vestido (más de lo regular). Así que vi la necesidad de tener unos zapatos de “material”, como le llamamos en Colombia (chistoso, como si los demás fueran de aire). Qué mejor lugar para comprarlos buenos, bonitos y baratos (el discurso de las tres “B”) que en el centro (en Cali). Me fui entonces para allá a oler el cuero de las cientos de zapaterías que se encuentran al caminar por las calles estrechas de los “San Andresitos” y los “Pasajes”. A diferencia de otros productos, los zapatos se encuentran generalmente en locales “al interior de”, solo con algunas excepciones “afuera”. La diferencia en precio es justificada por la estrategia de marketing que establece que la comodidad vale. Ojo, no la comodidad de los zapatos en sí; la comodidad de comprarlos, en un ambiente cerrado, seguro y tranquilo, lejos de los caminos anacrónicos de informalidad y rebusque. La diferencia era de casi el 50% en un modelo chino extendido por todo el centro tanto “al interior de” como “afuera”. Después de caminar y caminar en un local de un Centro Comercial en el centro, paradójicamente, me topé por fin con un par de zapatos de “material” adecuados por su diseño y precio. Yo esperaba que la formalidad del asunto hablara por sí sola, aquello de la garantía, facturación y demás; sin embargo, ni una cosa ni la otra, a duras penas una bolsa blanca de plástico biodegradable que en cualquier momento se podía convertir en abono para el aire.

Pensar en esa experiencia propia del peatón que va a comprar al centro me hizo recordar, además, en el inmenso conjunto de redes laborales que se entretejen informalmente en un par de zapatos. Los zapatos pueden ser chinos o colombianos, pero lo cierto es que el vendedor se apropia de la formalidad informalizada de su capital social para comprar esos zapatos a precios ínfimos y venderlos, por baratos que los veamos los peatones, bastante más caros. El zapatero local informal que se rebusca con su técnica alimenta las dos caras de la formalidad. Pero su esfuerzo es invisible. Lo único que olemos es el cuero, no el pegante; lo que sentimos al ponerlos en el suelo es frescura, no el calor del zapatero encerrado pegando suelas.

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A diferencia de los Centros comerciales, en el centro te puedes sentar… y gratis

Y lo mismo aplica para otros cientos de productos hechos por miles de trabajadores que alimentan el ojo y sabor de esta insaciable sociedad del espectáculo. La informalidad y el rebusque del trabajador artesano alimentan las góndolas de la formalidad. El peatón por su parte paga por el aspecto, como si la media para poderse medir el zapato fuera más limpia “al interior de” que “afuera”. Ese ciudadano corriente, que paga mucho de más sin saberlo, que ve lo antiestético del rebusque, también se ve afectado. Por eso su reclamo a la informalidad será legítimo y legal si subyace de las dos caras de la formalidad: si no le dan factura y caja los de local, por ejemplo. Será ilegítimo , cuando con una cara le pide rebaja al rebuscador de calle y con otra crítica el aspecto de las ventas ambulantes, como me he percatado recurrentemente en mis ires y venires al centro.

Sabemos que no es legítimo, pero ¿será legal, jurídicamente hablando, el reclamo estético del ciudadano corriente, del peatón? La Constitución Política aborda el tema del espacio público (artículos 24, 82 y 333). Por un lado, nos habla de libre circulación por el territorio nacional (¿el centro cuenta como territorio?). Por otro lado, hace referencia al Estado como el responsable de las tres “R” sobre el espacio público y el incentivo a las actividades económicas, la libre empresa, etc. Si el espacio público es de todos y alguien necesitado de trabajo se apropia de él para fines económicos, ¿de verdad el problema será el aspecto?

El problema es problematizar la forma (el aspecto) y no el fondo (redes informales de trabajo, desempleo, inequidad, etc.). El problema no es el lustrabotas de parque sino ¿ese lustrabotas cotiza a la seguridad social? ¿tiene vacaciones, salud? ¿por qué se vio abocado a trabajar en esas condiciones? El espacio público se constituye como la única opción justa para vender a buen precio y márgenes de ganancia lo que es propio de su técnica para el rebuscador, sin intermediarios “formales” que abusan de la condición del informal. Pero, eso sí, sin las condiciones mínimas justas de cualquier trabajo, antes descritas. Así que, peatón regateador, no todos los males vienen de “afuera”. La basura y la contaminación también vienen de locales “al interior de”; ni que hablar de nosotros mismos como ciudadanos que vamos y convertimos al centro en periferia, lo llenamos de desechos. La inseguridad y las economías ilegales se reproducen y crecen porque ni usted ni yo pedimos factura, porque allá el trago es más barato y las divisas, muy por debajo de las tasas de cambio.

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Referencias
Almario, Oscar. (2012). Historia de Cali en el siglo XX. Tomo II. En: E. Morera (Coord.), Cali y el Valle del Cauca: configuración moderna y reconfiguración contemporánea de la región y la ciudad-región (pp. 68 - 91). Cali, Colombia: Universidad del Valle.
DEBORD, Guy. (2003). Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Madrid, España: Anagrama.