[Crónicas] Caminos de informalidad o lo antiestético del rebusque (Parte II)

Qué mejor estrategia urbana que apelar a una “acomodación” de la informalidad, como parece ser el caso de la hermana Perú, y mejorar las cifras del mercado laboral y de la economía del turismo. Se trata de que informalidad y espacio público puedan convivir con las condiciones sociales y económicas mínimas. Si los centros representan una historia y una suerte de nostalgia que se busca vivir en la experiencia llamada turismo, ¿por qué la renovación no puede encaminarse a ello?

Por: Juan David Mesa Lun, 02/27/2017 - 12:11
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Caminos de informalidad (II)
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La informalidad acomodada: Perú y su as bajo sus armas.

Como pura criolla, la Plaza Central colombiana, por excelencia, ha sido bautizada, tanto en la capital del país como en el pueblo más remoto y pequeño, con el apellido del libertador, Bolívar. Con algunas excepciones como Cali, por ejemplo, desde Bogotá hasta Palmira la Plaza Mayor, ubicada en los centros urbanos, le pertenece a Simón: Plaza de Bolívar. En esos lugares característicos de cualquier tierrita que haya pisado la colonia española, se congregaron, históricamente, las instituciones sociales y políticas más importantes: la Iglesia y el Estado (representado por la Alcaldía, el Congreso, el Parlamento, etc.).

Hoy en día, a la luz de varios siglos de transformaciones, las Plazas de Bolívar se constituyen como grandes caminos de informalidad. El paisaje lo decoran los monumentos, los árboles, las iglesias, las construcciones coloniales, las palomas y un conjunto de “decoraciones” extra: un caballito de madera para el niño, un puesto de fruta fresca, la Foto-Agüita, una tramitomanía muy característica de Estados ultra burocráticos (tinterillo va y viene), y mucha gente detrás, trabajando fuertemente. Si las plazas mayores en la acepción urbanística ideal española buscaban forjar un punto de inicio de crecimiento organizado de las ciudades, las Plazas de Bolívar se constituyeron, y constituyen, como el punto de expansión de una proporción importante de la informalidad que va del centro a la periferia.

Caminos de informalidad (II)

Foto: “Camino real” hacia la Plaza. 

En algún momento escuché cómo un trabajador informal le avisaba a otro, aparentemente “novato” en el asunto, la que parece ser una máxima en el trabajo informal puesto en el escenario público: “hay que empezar trabajando en el centro, en la plaza e ir midiendo el aceite”. El centro aparece en el imaginario del trabajador informal como un lugar susceptible de ser apropiado no sólo por la gran cantidad de personas que confluyen diariamente y por la viabilidad, hasta el momento, del espacio público; sobre todo, el centro es atractivo para el vendedor informal porque es un lugar donde aflora la empatía que es la que hace posible en gran medida la relación de transacción. Al confluir una gran diversidad de públicos de todas las clases sociales, muchas veces la compra en la informalidad pasa por la comprensión del comprador de la situación del vendedor: como es común que pase en el transporte público en donde, como lo ha señalado Alfredo Molano, la empatía es la promesa de valor (aunque ya se estén gestando acciones para evitar que haya vendedores informales también en los buses).

Pero ni todas las plazas mayores del mundo son de Bolívar, ni todas congregan, necesariamente informalidad. Algunas plazas son de las Armas y pocas dejan confluir siquiera cualquier indicio de trabajo. Ahí, en esos centros, los caminos son de comercio, y no necesariamente, por lo menos no a la vista de un turista con mirada aguda, informal. Ahí, puntualmente en Perú, la informalidad es acomodada: está organizada, puesta estratégicamente, y hasta hace juego con el paisaje, estéticamente hablando.

Caminos de informalidad (II)

Foto: Plaza de Armas, Lima, Perú.

Sin ánimos de generalizaciones abruptas, debo puntualizar en varios puntos. En primer lugar, me refiero sobre todo a los centros de algunas de las ciudades más grandes y turísticas de Perú: Lima, Arequipa y Cusco. En segundo lugar, lo que tenga que decir lo hago desde el punto de vista del turista: que si bien tiene una mirada de “lo otro” desde la novedad, en mi caso, opté por aquellos detalles pertinentes en todo ejercicio de contraste. En tercer lugar, mi lugar de enunciación está afectado por mi fascinación por los centros, tan majestuosos como los de Perú. Finalmente, aclaro que desconozco la existencia de alguna política pública puntual en el uso y regulación del espacio público en Perú, de tal modo que mis apreciaciones están basadas en observaciones, preguntas, conversaciones y diálogos casuales con trabajadores de las zonas, atravesadas sobre todo por una relación de transacción: “cuánto vale esto y aquello, cuánto tiempo lleva trabajando aquí, etc”.

Caminando por “la historia”, como diría un guía turístico, decidí sentarme y mirar pasar. Qué mejor manera, pensé, que sentarme en el puesto de este señor lustrabotas peruano (ese día llevaba botas), comprar su valioso servicio por un par de minutos, conocer más de su oficio y su día a día en el centro de Lima, y ver pasar los miles de peatones que se toman los caminos de la informalidad acomodada. Así que me senté y comencé a vivir la experiencia más allá del turismo. En esa interacción hablé simultáneamente, también, con un señor que se sentó al lado y esperaba su turno. El señor, encantado con Cali, sus mujeres y la salsa, era un usuario frecuente de este servicio y particularmente, con dicho lustrabotas. De esa manera se observa, de puesto en puesto de todo tipo de servicios, una congregación de clientes que esperan su turno: puestos de prensa y revistas, de dulces y comida, de artesanías, de ropa, etc. Puestos, además, organizados en su lugar, como diría el lustrabotas. Lugar, en últimas, en el espacio público.

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Foto: Vendedora informal en su lugar.

Mi argumento con respecto a la informalidad acomodada en Perú, poniendo la mirada particularmente en sus centros, subyace de dos puntos que considero neurálgicos. Por un lado, por las cifras de informalidad de este país que hablan por sí solas. Por otro lado, porque, siguiendo con la dinámica de las cifras, la realidad macroeconómica de Perú con respecto a su turismo también habla por sí sola, si se compara con otros países de América Latina.

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Foto: Plaza San Martín, Lima.

Según la CEPAL, considerando cifras desde finales del siglo pasado hasta la actualidad, Perú es el tercer país de América Latina y el Caribe con mayor porcentaje de informalidad como aporte al PIB (las cifras no incluyen Haití). Para 2010, por ejemplo, el tamaño de la economía informal en Perú constituyó el 58% del PIB, solo por debajo de Bolivia con 66% y Panamá con 63%. Incluso, como porcentaje de la población económicamente activa (en adelante PEA), en la actualidad Perú se ubica como la sexta economía con mayor informalidad de América Latina y el Caribe con poco más del 60%. Ahora bien, según la misma entidad, en 2016 Perú recibió a casi 3,5 millones de turistas extranjeros, lo que representó un crecimiento del 7,8% con respecto a 2015. Curiosamente, estas cifras ubican a Perú también como la sexta economía, pero esta vez con respecto al turismo extranjero en América Latina y el Caribe (por encima están México, Argentina, Brasil, República Dominicana, y Chile). Se estima que poco más de la tercera parte de esa cifra es la cantidad de visitantes que recibe Machu Picchu en un año.

En ese sentido, es coherente reflexionar en torno a la relación de reciprocidad que existe entre la informalidad y el turismo en Perú (y por qué no, en América Latina y el Caribe en general) y que se puede matizar contrastando lo que dicen las cifras citadas con la mirada descrita: con la observación, precisamente. Que exista una alta tasa de informalidad representa una oportunidad para el turismo en Perú; que exista una significativa cantidad de turistas extranjeros visitando Perú representa una oportunidad para los vendedores informales. Basta, por poner un ejemplo, con ir a la Plaza de Armas de Cusco o de Arequipa para ver la cantidad de vendedores de paquetes turísticos o impulsadores informales de restaurantes de la zona; la informalidad también camina, al son del turismo. Pero para ir más allá, es evidente cómo la forma en que está dispuesta la informalidad en este país, urbanísticamente hablando, pareciera obedecer a una estrategia orientada a tal aspecto: hay un discurso para el turista de parte del vendedor, hay una suerte de informalidad formalizada que es legítima en el espacio público. Muchos de estos vendedores, es importante señalar, están sindicalizados desde hace más de una década en FENTRAVEGOLA (Federación Nacional de Golosinas, Gaseosas y Afines). Hasta los puesticos de las múltiples ventas y servicios se mimetizan con las fachadas, las paredes y la multitud.

Caminos de informalidad (II)

Foto: El espacio público y los puesticos informales son uno solo.

El que vende y sobrevive: el rebuscador

Colombia, según datos del DANE, le sigue a Perú en cifras de informalidad: poco más del 48% de la PEA (para la CEPAL, las cifras ascienden el 55%). Mes a mes nos informan que el desempleo ha bajado, que se encuentra por debajo del 10%; lo que no sabemos es que el desempleo baja, en parte, porque la informalidad sube. Lo que importa en estas mediciones es la ocupación y la búsqueda de empleo. Quien esté “ocupado”, más allá de no estar afiliado a todo lo legal, en el sentido formal del término, engrosa las filas del empleo. Quien no esté buscando trabajo, no es desempleado, más allá de que, por ejemplo, limpie vidrios en los semáforos.

En Cali, haciendo un zoom, en el informe de “Cali cómo vamos de 2015” se señala que el tema que debería tener la mayor prioridad es el empleo con un 56% (por encima de la seguridad y la movilidad). De ese modo, que el empleo sea considerado como el tema más prioritario es bastante significativo y tiene mucho sentido si se tiene en cuenta la tasa de desempleo de la ciudad. Según datos del DANE, en su último informe trimestral de 2016, entre octubre y diciembre de dicho año la tasa de desempleo fue de 10,8%. Con esto presente, es importante señalar que hay un 10,8% de personas en edad y disposición de trabajar que, a pesar de estar buscando empleo, no lograron encontrarlo. Así mismo, el DANE nos informa que para 2016 la informalidad llegó a un 49% de la PEA.

Estas cifras son fundamentales para comprender, en parte, la situación económica y productiva de la ciudad. Por un lado, la tasa de desempleo en Cali superó el promedio nacional que se ubicó en 9,2% según la misma fuente. Así mismo, Cali supera el promedio nacional de informalidad que en 2016 llegó a 47,5%. Por otro lado, comparando las cifras, un dato no menor que se expresa con esto es que gran parte de ese 10,8% de desempleados, y en general la ciudadanía, consideran que la Alcaldía de Cali debería generar planes de acción para incentivar más empleo en la ciudad, por encima de los otros temas. Sin embargo, esa misma ciudadanía no considera la informalidad en sí como un problema; más bien, como está expresado en la primera crónica de esta entrega, el problema es cómo es su aspecto, cómo se ve: importa que la gente esté “ocupada”, pero preocupa lo antiestético de su ejercicio informal. Así se expresaba en un diario regional (El País) hace unos años con respecto a la informalidad: “un mal que parece no tener cura en la ciudad”.

Caminos de informalidad (II)

Foto: La empatía hace posible que algunos oficios sobrevivan.

Lo cierto es que, así no parezca, el mercado laboral en Cali está en problemas. Muchas empresas y multinacionales relacionadas con la manufactura han comenzado a salir de la ciudad porque, dicen, se ha vuelto insostenible operar en la sucursal del cielo por los altos costos. Tiene sentido, entonces, que el empleo sea un tema prioritario y que las cifras de desempleo e informalidad sean tan altas con relación a todo el país. Solamente con el cierre de la fábrica de Mondelēz Internacional hace 1 año, antes Cadbury Adams, 480 operarios quedaron desempleados. A esto hay que sumarle los cierres de Michelín y Bayer en 2013, entre otras empresas, que dejaron más de 1000 desempleados.

Lo que dichos datos expresan de la ciudad es que está atravesando un importante cambio en las dinámicas productivas y laborales. Mientras se cierran fábricas que implican mano de obra no calificada para la manufactura, se proyectan grandes inversiones en infraestructura para incentivar la lógica del “Business Process Outsourcing” (BPO) tales como el proyecto “Zonamérica” que están sujetas a mano de obra calificada. Dicho proyecto, de 350 millones de dólares, por ejemplo, ocupará 38 hectáreas en Cali y planea generar unos 17.000 empleos para incentivar la prestación de servicios que caracteriza al BPO (Portafolio, 2014).

Por la misma demanda de mano de obra calificada que exige este tipo de negocios de servicios, la mano de obra no calificada, que engrosa las filas de la informalidad, está relegada de estos procesos. Esta es una de las mayores preocupaciones de un lustrabotas del centro que, como el de Perú, lleva años en el mismo punto en Cali: “no haber estudiado lo lleva a uno a esto… por eso los jóvenes tienen que estudiar”. Así mismo deben pensar los miles y miles de vendedores de lotería, zapatos, comida, libros, ropa, música, películas, etc., que día a día “se la rebuscan”. La empatía de sus pares que caminan por las calles y que utilizan su servicio, es lo que hace sobrevivir a sus tradicionales oficios y, por qué no, a sí mismos y a sus familias. El rebusque, en cierto modo, es una forma de vida… para vivir.

Sin embargo, no hay empatía de parte de los entes oficiales encargados de diseñar y ejecutar política pública para combatir la informalidad. Lo único claro es que el espacio de trabajo del infomal representa un problema que el discurso de las tres “R” no permite solucionar más allá de la visión del aspecto, y que la “R” de renovación busca desdeñar y depurar. Pareciera como si el modelo neoliberal no solo buscara la racionalización del gasto público sino también del espacio público que cada vez más, nos pertenece menos. Al fin y al cabo, la renovación, la reactivación y la recuperación la hace el Estado vía concesión.

Qué mejor estrategia urbana que apelar a una “acomodación” de la informalidad, como parece ser el caso de la hermana Perú, y mejorar las cifras del mercado laboral y de la economía del turismo. Qué mejor que generar nuevas posibilidades de empleo que a través del turismo, por ejemplo: en la medida que el turismo aumenta, hay más posibilidades para los trabajadores informales de aumentar sus ingresos (en 2016 Colombia recibió a 2,5 millones de turistas). Además. los centros son atractivos para el turista. No se trata entonces de ocultar el fenómeno por el aspecto; se trata es de visibilizarlo, mimetizarlo, volverlo parte de la cotidianidad de ese lugar: eso sí, asegurando las condiciones de formalidad para los trabajadores informales, pero haciendo uso del espacio público. Se trata de que informalidad y espacio público puedan convivir con las condiciones sociales y económicas mínimas. Si los centros representan una historia y una suerte de nostalgia que se busca vivir en la experiencia llamada turismo, ¿por qué la renovación no puede estar encaminarse a ello? 

Esto no es una tarea fácil, claro está. Como lo citaba anteriormente, hay toda una cultura de la informalidad en Colombia que se traduce en América Latina y el Caribe y que responde a procesos económicos globales, a la precarización y flexibilización del trabajo. La flexibilidad, versatilidad y movilidad que permiten la informalidad, en cierto modo, son atractivas para muchos colombianos. Los tiempos son otros; ya lo decía Sennett, el carácter se ha corroído, el anclaje y la estabilidad laboral no son una opción y tampoco aparecen en el abanico de posibilidades. Según el informe de Economía informal en Cali de POLIS, el vendedor ambulante promedio del centro de la ciudad gana $983.378, es decir, $250.000 pesos más que el salario mínimo establecido para 2017. Eso sí, trabajando 11 horas, 6.5 días a la semana (casi de lunes a domingo media jornada), para mantener a un hogar compuesto en promedio por cuatro personas; en el que, además, casi el 20% no tiene siquiera régimen subsidiado. Curiosamente, solo el 18% de los vendedores ambulantes del centro quisiera un trabajo formal.

Referencias
CALI CÓMO VAMOS. (2016). Encuesta de precepción ciudadana 2015. Cali, Colombia: Cali cómo vamos.
CEPAL. (2012). Informalidad y tributación en América Latina: explorando los nexos para mejorar la equidad. Santiago de Chile, Chile: CEPAL.
DANE. (2016). Cifras trimestrales del mercado laboral en Colombia. Bogotá, Colombia: DANE.
EL PAÍS. (2010). “El rebusque, un mal que parece no tener cura en la ciudad”. Consultado el 5 de febrero de 2017, desde: http://www.elpais.com.co/elpais/economia/noticias/rebusque-mal-parece-tener-cura-en-ciudad
PORTAFOLIO. (2014). “Zonamérica, el proyecto de US$ 350 millones en Cali”. Consultado el 22 de mayo de 2015, desde: http://www.portafolio.co/economia/zonamerica-el-proyecto-350-millones-dolares-cali