[Crónicas] Obra negra y obra blanca: el artesano de cincel

En estas líneas reflexionaré sobre el maestro de obra desde su trabajo a ladrillo y cemento en mi “Rancho” (2016). Tanto en un sentido etimológico como sociológico, quiero reconocer en el maestro de obra un artesano: un moldeador a mano y a cincel, a través de una técnica admirable, de lo que será (y se dará).

Por: Juan David Mesa Vie, 12/02/2016 - 10:37
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Obra negra y obra blanca: el artesano de cincel
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Fotos tomadas por el autor.

Preludio

Los recuerdos, en general, quedan plasmados en cosas. Cuando usted viaja, así sea a la esquina, debe quedar materializado o “digitalizado” lo que fue: el monumento, la comida, la gente, las risas; en una palabra, la novedad. Cuando, por otro lado, usted gana su primer “dólar”, aparece como imperativo “enmarcarlo”: piense en la primera ida a cine con su futura pareja, el primer contrato de su empresa, la ecografía de sus hijos, el mechón de pelo, etc. También, el patrimonio histórico de una ciudad es neurálgico para mantener vivos los aires nostálgicos de un pasado que para muchos, incluso sin haberlo vivido, fue mejor: la plaza principal de cualquier ciudad de Colombia, la iglesia con su majestuosa construcción, el primer teatro, el primer hotel, o la fuente de soda.  

En el plano de la intimidad, si hacemos la histórica separación entre esfera pública y privada, el patrimonio material pasa por múltiples significados. Para muchos, el patrimonio material familiar o privado puede ser el carro del abuelo, la biblioteca del tío estudioso o la botella de ron cubano de más de medio siglo sin destapar. Pero convengamos que, sin hacer una distinción económica o cultural, en un país como Colombia la casa (ranchito, morada, domicilio, residencia, vivienda, techo, cobijo, o nido) es lo que tal vez se constituye como el patrimonio privado más importante. ¿Qué mejor marco de recuerdos que la casa donde se sufrió, se lloró, se alegró, se socializó, esto es, se creció?

La casa, en tanto patrimonio material familiar, imprime un valor, a su vez, inmaterial: el de las experiencias y prácticas sociales que allí se llevaron a cabo. La sala nos recuerda las visitas y el pan con café; la cocina, los deliciosos manjares de la abuela que se compartían en familia; las habitaciones, los domingos de descanso, películas, y sueño; los baños, una buena ducha en los días de calor o frío. Ocurre, también, que muchas veces una familia llega a una casa ya habitada antes por otros. En ese contexto, la sala, la cocina, las habitaciones y los baños se reconfiguran según las nuevas dinámicas de los nuevos actores que se apropian del espacio. A una familia así, claro está, se le puede ocurrir comenzar a escribir una nueva historia: habitar un nuevo espacio, en el mismo lugar. Es decir, transformar lo existente, lo que fue, por un nuevo patrimonio. Como diríamos en Colombia, remodelar la casa. Remodelar la casa, el patrimonio, en un sentido habitual, implica volver a moldear lo que ya está moldeado. En un sentido más amplio, remodelar la casa implica también construir un nuevo orden social familiar: reconfigurar la experiencia, prever lo que será (y se dará). Según el estrato, el gusto, y el bolsillo, quien se encarga de transformar el patrimonio puede ser un miembro mismo del hogar, o un maestro de obra contratado.

Aquí me concentraré en el proceso de transformación del patrimonio familiar desde la perspectiva del maestro de obra. Resulta que en mi casa, un apartamento del sur de Cali, los recuerdos se han comenzado a imprimir en un nuevo orden espacial: se remodeló la cocina, espacio fundante para los comensales que la habitan, los baños y la sala. Ese proceso, bastante ruidoso y lleno de polvo, que a veces damos por sentado, representa (y representó), para el maestro, una gran responsabilidad: volver a moldear lo moldeado material y experiencialmente. Su responsabilidad es (y era) darle sentido a un nuevo orden de cosas. En pocas palabras, llenar de valor algo (un patrimonio también invaluable), a través del gusto de otros (los que habitan el patrimonio). Por eso mi interés en pensar el quehacer del maestro de obra desde su obra misma, desde lo que plasma en lo plasmado. Así como se reflexiona sobre Picasso desde su “Guernica” (1937), en estas líneas reflexionaré sobre el maestro de obra desde su trabajo a ladrillo y cemento en mi “Rancho” (2016). Tanto en un sentido etimológico como sociológico, quiero reconocer en el maestro de obra un artesano: un moldeador a mano y a cincel, a través de una técnica admirable, de lo que será (y se dará).

Obra negra (o el patrimonio que todavía no es, pero será)

El primer paso para reconfigurar el patrimonio es, irónicamente, destruyéndolo. Basta un cincel, un mazo y un brazo, muy fuerte además, para tumbar los muros, paredes y pisos. El espacio, por supuesto, debe estar vacío de cosas, solo debe tenerse a sí mismo. Por eso la cocina estaba vacía cuando el artesano de cincel comenzó a tumbarla poco a poco: primero un par de muros y luego el piso. En esta fase prima un ruido insoportable y constante del mazo golpeando el cincel que, a su vez, golpea a su paso la superficie que destruye.

La técnica del artesano de cincel parece simple: con una mano toma el cincel y con la otra agarra el mazo que golpea la primera herramienta para generar una fuerza que rompe las superficies de cemento y ladrillo. Sin embargo, piense que este es un ejercicio que se debe repetir por horas y tal vez por días, dependiendo del tamaño del patrimonio que se está reconfigurando (que en el caso del patrimonio de mi familia duró dos semanas). Cuando se trata del piso, por ejemplo, el cuerpo del artesano de cincel debe inclinarse en una posición incómoda, al mismo tiempo que utiliza gran parte de su fuerza para romper el material.

El cuerpo se acostumbra a su entorno laboral, no caben dudas. Unos pasamos horas sentados; otros caminan, hacen trabajo pesado, constante, son artesanos de sus respectivos trabajos. Por eso no basta con un lugar de enunciación solo observando: hay que dar voz. Lo que para mí es complicado, para otro fácil. Cuando veía al artesano de cincel golpeando y golpeando por horas, pensaba que ese ejercicio representaba un nivel de complejidad alto porque, implícitamente, me imaginaba haciendo ese trabajo yo mismo. En ese sentido, más bien me percaté que la complejidad de una práctica, es decir, de un trabajo particular, reside en sus efectos secundarios no evitados. La complejidad laboral de crear una obra, de reconfigurar un patrimonio, no subyace de la repetición misma; su complejidad está lo que implica repetir sin evitar.

El artesano de cincel

 

En esa medida, el artesano que le estaba dando forma al patrimonio de mi familia, primero al destruirlo, me decía que en esa fase lo más complicado era la poca visibilidad generada por el polvo que se levantaba. Los brazos dolían, claro, la espalda, el cuello, las piernas. El cuerpo se cansa, el artesano es un ser humano. Pero los enemigos ocultos son los que son más difíciles de dominar: el polvo y el ruido. Al fin y al cabo el cincel y el mazo se agarran, se tienen bajo el control de la técnica del artesano; el polvo y el ruido, esos esquivos males.  

Tos va y tos viene mientras sigue el constante sonido del golpe y del pitido en el oído. El polvo de la obra rodea los cuerpos, afecta la vista y la respiración: “los ojos arden bastante y a veces toca parar para dejar que el polvo salga porque no se puede respirar”. Si así es en una obra pequeña, ¿cómo será en construcciones grandes que destilan toneladas de polvo y ruidos sumamente altos? Hay precauciones que tomar, en la repetición, para evitar. Lo curioso es que al artesano de cincel no le preocupa mucho, es la costumbre: “eso no pasa nada, lo importante es dejar salir ese polvo y parar el ruido, parando”.

Más allá de los hábitos y formas de ejecutar un trabajo, es neurálgico proteger la integridad del artífice de la obra, de quien hace posible la reconfiguración de eso tan valioso como es el patrimonio privado de la familia. No basta reconocer legalmente al artesano de cincel a través de una figura jurídica como la ARL, por ejemplo. Es necesario apelar a una ética de la responsabilidad, de la “evitabilidad”, desde el empleador, para mitigar riesgos que parecen exiguos, como el caso de los enemigos invisibles de la obra negra: el polvo y el ruido. Es necesario algo tan sencillo, como percatarse del riesgo y hacer consciente al artesano de cincel de aquello. Además, es un acto noble y sensible tomar medidas básicas de protección, como por ejemplo asegurar fuentes de ventilación para que se disperse el polvo, convencer al artífice de la importancia de usar tapones, tapabocas y gafas y, por qué no, entregarle estos instrumentos de trabajo. En el menor de los casos, si el artífice “no trabaja de esa manera”, es importante hacerlo consciente del asunto, aplicar descansos, dejar ir a los enemigos invisibles por un rato.

El artesano del cincel

 

Sin más, la obra negra de la cocina estaba lista. Ya el polvo y el ruido que había en el apartamento venía de la calle, un alivio, irónicamente. Las paredes, aún grises y porosas, estaban estables y consistentes gracias al cemento, la pala y la llana. La obra negra fue a la vez taller: en ella el artesano de cincel dejaba sus herramientas, su atuendo y su talento. En la obra negra se veía cómo el artesano de cincel había aplicado una técnica tradicional de trabajo que suele dar resultados favorables: paciencia, potencia y precisión. El patrimonio estaba tomando forma de nuevo, pero todavía no era. Llegaría a ser. El artesano, cuando moldeaba la última pared, pensaba en voz alta como cantando: “con una cocina más linda, la comida sabe más rica”. El artesano de cincel estaba moldeando, también, la experiencia y los recuerdos que serán.

Obra blanca (o el patrimonio que ya es y dará lugar a)

Más “aclarado” el panorama que supone la obra blanca, sin tanto polvo y ruido, me fueron surgiendo algunos interrogantes: ¿alguna vez se ha preguntado por qué se llama obra negra y obra blanca lo que usted ve primero como paredes grises oscuras y luego como paredes finas recién pintadas? ¿Sabía que hay algo que se llama “obra gris” que es una especie de intermedio entre las anteriores mencionadas y en donde están implicados otros oficios como el del electricista y el plomero? La respuesta a la primera pregunta puede sustraerse de lo que se percatan los sentidos en cada fase del proceso de remodelación. ¿Sabía, además, que aproximadamente un tercio de la población en Colombia que cuenta con este tipo de patrimonio no le alcanza para convertirlo en obra blanca (y que una proporción importante de esa población la conforman artesanos de cincel)? Y eso contando a quienes tienen ranchito… Paradojas van y vienen en ese “fragmento” grande el mundo del trabajo en Colombia, que por lo regular se da por sentado.

Tal vez usted conozca las respuestas a todas esas preguntas aparentemente banales. Tal vez la paleta de colores del sentido común le dice que “negra” es primero, “gris” posterior, porque se va blanqueando, es un intermedio, y “blanca” el final, el panorama aclarado. El caso es que cada fase supone para el artesano de cincel realidades sociales etéreas para muchos, como la de los enemigos invisibles descrita más arriba. Incluso supone realidades sociales distintas para artesanos de cincel de obras más grandes, con marcos inmensos: el peligro de una caída, riesgos laborales por el peso, la altura, etc.

El artesano de cincel

 

Uno podría suponer que el artesano de cincel de obra grande está contratado por una constructora que se encarga de la licitación y “todo lo legal”. Pero, ¿qué pasa con el artesano de cincel que crea obras más pequeñas, como en residencias, como en el caso del patrimonio de mi familia? ¿Cómo son contratados? Pareciera estar inmersa la lógica de la informalidad en estos casos, esto es, aplicar el capital social en todo su esplendor: “él le trabajó a un amigo lo más de bien y me regaló el número”. Acto seguido, lo llama, le dice lo que quiere hacer, arreglan un precio y listo, “está contratado”. Pareciera que el panorama de la informalidad es mucho más sombrío si tenemos en cuenta lógicas similares como en el caso de las trabajadoras domésticas: “ella le trabajó a una amiga lo más de bien, es juiciosita”.

“¿Cómo fue contratado el artesano de cincel?”, pregunté en la casa mientras, como decía, la cerámica le fue dando luz a todo ese gris en la “casi cocina”. Afortunadamente, hay que ser consecuentes en la vida, pensaba, el capital social sirvió en este caso para hacer las cosas correctamente. Se contrató a un arquitecto que, por su campo, se encargó de toda la formalidad con el artesano de cincel: contrato, pagos, ARL, y demás. Detrás de todo diseño arquitectónico exclusivo debe haber, también, relaciones laborales formales, “con todas la de la ley”.  Nuestro artífice estaba protegido en el sentido legal y desde la perspectiva de ética de la responsabilidad que propuse anteriormente.

En ese instante de reflexión, al son del estuco, la pintura y Pastor López, no solamente estaba aclarado el panorama gracias a que la obra blanca fue tomando forma: la relación laboral que había detrás, también. En un momento decía que la mejor forma de hacerle justicia al artesano era a través de su obra; pues bien, agrego, la mejor forma de hacerle justicia al trabajador que hay detrás de cada artesano de cincel es analizando la relación laboral y, sobre todo, lo que implica su obra misma, lo que supone construirla: el proceso observado y hablado hacia y por el artífice. A veces basta con darle voz al cincel.

Mientras tanto, la cocina comenzó a ofrecer la posibilidad de pensar en un patrimonio que ya era. Con las paredes listas para ser pintadas, la cerámica puesta en el piso, y el trabajo eléctrico y de plomería listos, se vislumbraba lo que serían los futuros banquetes (y lavada de platos…). Esta fase de la obra no supone tantos riesgos más que el de la precisión a la hora de poner la cerámica, pintar las paredes y darle vida a un conjunto de objetos. El artesano de cincel esculpe y talla su obra, le pasa el trapo, brilla las superficies: se siente orgulloso. Otra obra más a una larga lista de marcos sin firmar: pero tranquilo maestro artesano, aquí lo vamos a recordar. Ya es el recuerd